EL SUCESOR DE PAVAROTTI

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EL SUCESOR DE PAVAROTTI

Notapor LLAPAN ATIC » Jue Dic 08, 2005 10:51 am

El sucesor de Pavarotti

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El peruano Juan Diego Flórez (32) es el nuevo héroe de la ópera: lo consideran el mejor cantante belcantista del mundo. Tiene su agenda copada de presentaciones en los mejores teatros del mundo hasta el 2010 y, hace poco más de un año, el propio Luciano Pavarotti lo ungió como su único heredero en las pistas líricas. ¿De dónde salió este artista que alguna vez tuvo que cantar en el metro de Nueva York para ganarse la vida?
Por: Julio Villanueva Chang



Después de revisar su agenda de conciertos hasta el 2010, parece que la mayor tragedia de Juan Diego Flórez se trata, más que de una futura pesadilla de cinco años de aeropuertos y hoteles, de la imposibilidad de volver a cocinar. Cinco años de aire acondicionado. Cinco años de entrevistas. Cinco años cantando lejos de la casa propia. No debe haber más seres humanos en escena con un futuro tan comprometido. Ahora Flórez es un cantante de ópera que trepa a los aviones como taxis. "A veces ya no sé dónde estoy", me dijo una tarde en la casa de su madre. Ahora la ilusión más doméstica de este ex hijo de padres divorciados es tratar de inventar un clima familiar cada vez que aterriza. Volver a la normalidad. Cocinar cau-cau. Ir a la playa Chepeconde. Decorar su casa en Barranco. En estos tiempos post Tres Tenores, en que las ovaciones de pie se están volviendo una engañosa costumbre, él sólo quiere sentarse en paz a ver un partido de fútbol, mientras algunos bienintencionados críticos de ópera se ocupan de nombrarlo el cuarto tenor y sus fanáticos fletan buses para perseguirlo por toda Europa.

Juan Diego Flórez es uno de esos cantantes a quien no basta escuchar sino a quien hace falta ir a ver. Lo fui a ver, entonces, un lunes soleado y lluvioso de septiembre a Hudson, unas seis horas al norte de Miami. Era un extraño escenario, pero la situación más ventajosa para conocerlo: estaba demasiado lejos de los teatros, pero muy cerca de su mamá. María Teresa Salom vive ahora allí con su segundo esposo, y ha sido la mujer más decisiva de su vida, un guiño notable en la existencia de un artista que ha crecido rodeado de mujeres, pero también para alguien a quien la revista People en Español consideró uno de los 50 más hermosos hombres hispanos del mundo. Una semana antes, había pasado cerca de allí un huracán, pero el tenor andaba con la despreocupación de quien silba una tonta canción. Según un amigo de la infancia, Juan Diego nunca aprendió a silbar. Sólo le quedaba el escándalo de un grito para convocar a sus amigos de su antiguo barrio de Miraflores.

Al menos en el primer cuarto de hora que lo vi, el tenor me habló con la seriedad de un niño tímido en vacaciones. Vestía camisa ocre, vaqueros azules y unos zapatos color cognac. Pidió que bajaran el aire acondicionado. Luego se llevó a la boca un aparato que carga siempre en sus viajes, una especie de motor en miniatura que vierte gotas de agua para humedecer la garganta. Frente a él, su madre picaba cebolla para la cena. Cada vez que puede, el tenor se escapa a ver a su madre, casada con un jubilado estadounidense a quien tuvo la suerte de conocer por chat. Más allá, deambula Julia Trappe, una esbelta rubia alemana a quien el último de los tenores galanes conoció en una firma de autógrafos al final de un concierto en Viena, y con quien lleva más de un año de viaje de novios.

La prensa de espectáculos vive de las etiquetas rosas: Flórez, el Tom Cruise de la Ópera. Flórez, el nuevo Pavarotti. Flórez, el Beckham del bel canto. Hace un tiempo, el Ruhr Nachrichten, un diario de Alemania, promovió un concurso para pelear por dos boletos de entrada a un recital. "¿De qué país es Juan Diego Flórez?", decía la enigmática pregunta. "A. Sudán. B. Perú. C. Camboya". Parecía una inocente adivinanza, pero también era la muestra de que nunca antes un tenor tan famoso había nacido en un país tan pobre. Por ahora, lo indiscutible es el éxito en mayúsculas de un tenor lírico ligero a quien hasta los Nostradamus de la música lírica conjugan en tiempo futuro como a un mito. Si continúa esta ruta de superestrella, la única receta para entender a este tenor será buscar a un astrólogo. Nació en Lima el 13 de enero de 1973, a las 7: 07 de la mañana. Es Capricornio. Su carta astral dice que es un hombre persistente, tenaz e incansable en sus metas. Es verdad. Un hombre serio, trabajador, disciplinado, pero también prudente y un pensador muy cauto. Conservador y calmadamente ambicioso. Una estrella con los pies en la tierra.

"Yo tengo dos funciones: on y stand by. Cuando no estoy cantando, entro en un estado de stand by. Soy muy flojo. Pero cuando me toca cantar, recupero la energía", me dijo aquel lunes en la casa de su madre. No es que en Flórez convivan por turnos un Dr. Jeckyl y un Mr. Hyde. "La carrera del tenor tiene que ser larga para ser importante, pero últimamente he ido cambiando. Quisiera estar más en mi casa. Tener una familia. Hijos. Pero eso no se consigue con mi carrera", me dijo. Aquí, frente a mí, estaba la estrella apagada y doméstica, que aspiraba a placeres tan normales como tener una casa, dos hijos, un perro. Allá, en otra dimensión, era una estrella explosiva que trepaba a los escenarios hasta convertirse en un gran ilusionista, una generosa metamorfosis a beneficio de la platea. María Laura Vélez, una novia histórica de su adolescencia, me dio una tarde la clave: a él no le gustaba la vida nocturna, y, sin embargo, cuando entraba a una taberna, todo el mundo podía pensar que era el detonador de la fiesta.

Aquel lunes por la tarde en Florida se le veía muy recatado. Se le veía quieto y relajado: no era el cantante acróbata que corría, saltaba y bailaba al estilo Astaire en la ópera Il Capello di Paglia di Firenze, de Nino Rota. Incluso se le veía tan tímido y menudo como para sospechar que un enorme y egocéntrico Pavarotti lo hubiese elegido su sucesor, y el único tenor a quien invitara a cantar en su despedida en el Metropolitan. Aquella tarde no era más el tenor despampanante. Menos aún el niño inquieto, curioso, distraído y cabecilla de barrio del que todos me contarían después. No parecía ser suya esa voz que había divertido a públicos tan glaciales como el de La Scala de Milán. "En el 2003 allí recibí una ovación de catorce minutos, según un diario local. Ni siquiera fue al final del espectáculo, sino en un intermedio", me dijo Juan Diego en casa de su madre, con sonriente incredulidad.

Por ratos, se asomaba el Juan Diego Flórez bufón. Lo suyo nunca fue contar chistes, sino la interpretación y la mímesis. En círculos familiares, era un imitador popular. De niño divertía a los suyos con Rafael, Bosé y Rafaella Carrá. De adolescente, con Paul McCartney. Un amigo y ex compañero del Curtis Institute of Music, Fernando Valcárcel, lo recuerda imitando ese rictus de seductor y patán de Clark Gable. Una ex novia me dijo que él imitaba bien hasta a su propio padre. "Ahora sólo le sale Chaplin", me comentó con resignación su madre.

Juan Diego siempre ha estado flotando en el mar. Su madre se pasó la vida llevándolo a playas y campamentos en su legendario Renault, con la tribu de su familia y amigos. Y más todavía: en una célebre foto de Vanity Fair, Flórez aparece en traje de baño en una playa de Pesaro, Italia, la ciudad donde reemplazó a un tenor resfriado y empezó su fábula moderna, el lugar donde queda la casa de verano de su padrino Pavarotti. Más aún: el tenor se ha comprado un departamento con vista a la Costa Verde de Lima.

Un domingo por la mañana fui a este departamento. Le había confiado a su hermana mayor buscar un lugar adonde siempre llegar cuando vuelva a Lima. "Una casa donde provocara entrar y tocar guitarra", me dice Rocío Flórez. Al abrirse la puerta del elevador, en el sexto piso del edificio, lo primero que dan ganas de tocar es un piano: es un H.W. Brandes, una reliquia familiar y que fue la primera gran caja de música donde el futuro tenor clavó los dedos. Ahora Rocío Flórez vive allí. Lo ha ido decorando y amueblando en las conversaciones que mantiene con Juan Diego por teléfono y por chat.

Casi toda su vida, los Flórez Salom no tuvieron una casa propia. Eran como nómades. "Ninguno de los tres hijos tenemos recuerdos de mi padre y madre juntos", me dice la hermana mayor. Ellos se divorciaron después de tener a Milagros, la menor, que vive hoy en Tenerife. Entonces María Teresa Salom trabajaba todo el día. Ventas. Corretaje. Decoración. Administrar un bar. Todo servía. Por años vivieron en una casa en la Av. Arequipa, en el barrio de Miraflores. Fue el barrio de la infancia y la adolescencia de Juan Diego. Hasta allí iba a recogerlos su padre para llevarlos a pasear los fines de semana. A él le decían "el tenor de la canción criolla". La legendaria compositora y cantante Chabuca Granda dijo que Rubén Flórez era su mejor intérprete. "Juan Diego tiene el talento del padre y el carácter de la madre", cree el músico Andrés Santa María, maestro de Flórez en el Coro Nacional del Perú. El padre asiente sentado en un sofá de su casa en el distrito de Surco. En su mesa de centro, exhibe un par de retratos, uno frente al otro, que él y su hijo se tomaron en distintas épocas y en los que parecen ser el mismo hombre.
Juan Diego Flórez parece haber vivido su infancia contra esa prudencia que le diagnostican los astrólogos en su carta astral. María Teresa Salom lo matriculó en un gimnasio para que, después de jugar fútbol, llegara aún más exhausto a casa. Incluso ganaba torneos escolares de salto alto. No podía concentrarse. "Del colegio me llamaban por su conducta, no por sus notas. Era el terror", me dijo su madre con alivio. Pero Juan Diego nunca fue un muchachito malvado. Sólo sufría de una curiosidad demasiado vagabunda. A Santa María le contaron que Juan Diego dibujaba desnuda a una profesora del colegio. De adolescente, empezaría a cultivar una vagabunda curiosidad por las mujeres. Sólo entrar a estudiar canto en el Conservatorio Nacional de Música pudo detener toda esa naturaleza dispersa.

Andrés Santa María abre la puerta de su casa en Salamanca, un barrio de clase media de Lima, el lugar donde Flórez fue a recibir las clases de canto más decisivas de su vida. Fue con él que decidió el dilema de cantar música lírica o música popular. Los Beatles vs. Rossini. Chabuca Granda vs. Bellini. Pedro Infante vs. Donizetti. Cuando conoció a Flórez, Santa María acababa de volver desde Europa, donde había estudiado música, cantado durante años y tenido dos hijos a quienes dice no ver. Allí, en su casa, entre los diecisiete y diecinueve años, Juan Diego ensayaba su voz, se iba de viaje con su maestro, imitaba a la Callas y cocinaba sin saber aún bien quién era el pantagruélico Rossini.

La historia de cómo Juan Diego llegó hasta el director del Coro Nacional es un enredo. Flórez estudiaba su último año de secundaria en un colegio privado. Había recibido allí sus primeras clases de canto con Gerardo Chumpitazi. Llegó a aprender a cantar unas arias con él. Luego quiso clases particulares con él. Cuando se dio cuenta de que no se las podía pagar, el profesor le recomendó postular al Conservatorio Nacional de Música. Era gratis. "Entrar al Conservatorio cambió mi vida", me dijo el tenor. Tenía diecisiete años. Eran tiempos de guerra en el Perú. Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Un año antes Juan Diego Flórez había ganado el Festival de la Canción por la Paz con un tema escrito por un policía. Había debutado con un recital en dos bares de Lima, El Florentino y La Estación, con un repertorio de Sui Géneris, Los Beatles, la Nueva Trova, más canciones suyas. Había sido también parte de Grafiti, una banda de rock. En verdad Flórez quería dedicarse a la música pop. Hasta que en el Conservatorio de Música conoció al maestro Andrés Santa María.

Santa María se acuerda de Ena, la abuela de los Flórez Salom, quien para Juan Diego fue un ángel de la guarda con piano. Juan Diego se había ido a vivir con ella, en parte porque solía hacer demasiado bulla en su casa de la Av. Arequipa con una batería comprada a un ropavejero. Pero sobre todo porque ella era la mujer que más creía en él. Era una pintora autodidacta que cosía vestidos, tocaba el piano y pintaba rostros de Cristo. Se había hecho a sí misma, como su hija y su nieto. Una vez le envió dinero a Santa María para pagarle sus clases; el maestro, que nunca le cobró, le aconsejó invertirlo en otro profesor de música. Continuó con la clase. Santa María dice que fue él quien presentó a Flórez con el tenor peruano Ernesto Palacio -exitoso representante de cantantes líricos- en un concierto de ópera en Lima. Ahora Flórez no toma sin él una decisión.

Flórez quería estudiar música en Estados Unidos. Tenía veinte años. De las baladas y valses se había convertido a la ópera. Decidió presentarse a tres escuelas: Curtis, Julliard y Manhattan. "Ya la decisión de Juan Diego estaba tomada, y lo único que podía darnos dinero era el auto. Había que venderlo", me dijo su madre. María Teresa Salom vendió el legendario Renault 1969. Le pagaron mil dólares. Fernando Valcárcel, un compositor y pianista que estudiaba con Flórez en el Conservatorio de Música de Lima, iba a postular a Curtis y Manhattan. Ambos viajaron a Nueva York, y se quedaron en el departamento de un hermano del pianista, en Manhattan. Flórez lanzó al suelo su bolsa de dormir. Era abril de 1993. Valcárcel no olvida que se les acabó el dinero en unas semanas. Un día decidieron tomar la guitarra e ir a cantar al metro. "Ese día me enfermé", recuerda Valcárcel. Dice que Flórez cogió la guitarra y partió solo. Se fue a la estación Grand Central. "Tenía que callarme la boca cuando pasaba el subway porque no se escuchaba nada", me contó Flórez aquella tarde en Florida.

Era primavera en Nueva York, y el tenor recuerda haber cantado canciones napolitanas: "Me dieron cincuenta dólares por media hora". Al final los aceptaron en todas las escuelas y se decidieron por Curtis. Pero la beca no era integral. Había que salir a la calle otra vez a buscar dinero. Un tío de Flórez había conversado con Aurelio Loret de Mola, un melómano que luego sería ministro de Defensa. Loret de Mola multiplicó copias de un casete con canciones del tenor. Escribió cartas a amigos. Les pidió dinero. Se organizó un concierto de despedida de la Asociación Amigos de la Lírica.

Valcárcel aún recuerda cuando un día Juan Diego le dijo: "Creo que poseo el don de la melodía". Flórez solía decir estas sentencias de modo impredecible. "Quien no lo conociera lo hubiera considerado un arrogante", me advierte. "A veces estaba tan inmerso en su mundo que lo hacía parecer indiferente a los demás", explica. "Al final, era como un niño grande. Uno no se podía molestar con él", me dice el pianista. Las historias sobre la distracción del tenor son involuntariamente cómicas. El Curtis, por ejemplo, le pagaba a Flórez un viaje a Nueva York, donde vivía su profesora de canto. "Varias veces, de repente, estaba en el tren y se daba cuenta de que se estaba yendo a Washington", recuerda Valcárcel.

Ese lunes por la tarde en Florida, Flórez me dijo que no compraba CDs. Pero se puede entender esa pereza cuando lo ves maniatado a su I-Mac, donde almacena cientos de canciones que escucha para matar el tiempo en los aviones. En ella, junto a cientos de fotografías, guarda un repertorio suficiente como para oír música sin interrupción hasta el 2010: Sinatra, los Bee Gees, Celia Cruz, Los Beatles, Agustín Lara, Pavaroti, Chabuca Granda, Los Rolling Stones, Gardel, Monserrat Caballé, en fin. Flórez es una aspiradora musical.

Los últimos años han sido un experimento de independencia. Juan Diego Flórez se había encerrado como en un laboratorio a buscar su propia voz. Ahora busca volver a la normalidad de un hombre casi mudo. Me recuerda que en su edad de piedra para costearse la vida en Lima cantaba en matrimonios y era el taxista favorito de sus compañeros del Coro Nacional del Perú. Pero ahora tiene que cantar hasta el 2010. Tiene un BMW azul esperándolo en Bergamo, y se da el lujo de no usarlo, además de un departamento de lujo en Lima, donde tampoco vive. Tiene una dulce novia con la que viaja por todo el mundo. Una hermana mayor en Lima, de novia con un director de orquesta italiano. Una hermana menor en Tenerife, casada, y con un sobrino que siempre lo hace reír. Un padre rejuvenecido de una operación al corazón, y con un hijo de un segundo matrimonio a quien el tenor echa de menos como si fuese suyo. Una madre en Florida, casada y al fin con una vida hecha lejos de sus hijos. "Creo que toda su carrera la ha hecho en función a tener una familia", me dijo su maestro Santa María una mañana. Entonces a Juan Diego Flórez sólo le quedan tres deudas: la primera es tener un hijo. La segunda, creer en los astrólogos. La tercera, aprender a silbar
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LLAPAN ATIC
 
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Notapor BALNQUIRROJO » Jue Dic 08, 2005 12:52 pm

OTRO PERUANO DE FAMA MUNDIAL..
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KAUSACHUM PERÚ!!!!!!
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